La teoría dogeriana
Los estudiosos de la Teoría Política, la Sociología, el Derecho, la Antropología, la Economía y, en general, las ciencias que tiene que ver con el arte de gobernar no se equivocaron.
El tiempo les ha dado la razón.
Por algo Platón, Aristóteles, Maquiavelo, Hobbes, Rousseau, Cicerón, entre muchos otros pensadores del complejo arte de la Teoría Política, siempre coincidieron en algo al respecto de sus análisis.
Y es que la interpretación que la mayoría dio a sus estudios siempre giró en torno a tres ejes: Poder, dinero y gobierno, una mezcla perfecta que nunca nadie entendió, ni maduró.
Alguien dijo por ahí que “afortunadamente vivimos en un país donde el poder está limitado por la Constitución y flanqueado por el equilibrio de poderes cada vez más consolidado”. Ojalá fuese así y nuestros políticos lo respetaran.
Si bien vivimos en un país donde se eligen a sus gobernantes democráticamente y mediante el voto personal y secreto, lo cierto es que la complejidad de la Teoría Política nunca podrá esclarecerse.
La mezcla poder, dinero y gobierno va más allá del respeto a cualquier pensamiento, reflexión o teoría política.
Ni el político de antaño, ni mucho menos el de hoy ha podido asimilar semejante composición.
Y me atrevo a exponer esta breve reflexión-introducción sobre la Teoría Política y el arte de gobernar, porque quisiera entender de alguna forma lo que llamo la “teoría dogeriana”.
La teoría dogeriana es un razonamiento estudiado, conocido y reconocido por un solo personaje, Enrique Dóger Guerrero, actual diputado federal por el PRI, el partido que le ha dado todo a manos llenas.
Por cierto, el ex rector de la BUAP es como un molde en donde precisamente se vertieron aquellos elementos que le quemaron los sesos a los grandes estudiosos de la Teoría Política: Poder, dinero y gobierno.
La teoría dogeriana, intento razonar, es aquella que estudia el arte de la política como una filosofía del ganar o ganar, no conoce las palabras “unión”, “respeto”, mucho menos “derrota”.
La califico como el arte de negociar o arrebatar el poder, no de ganarlo en elecciones democráticas, sino de obtenerlo por medio del chantaje, la rebeldía, la amenaza velada, la diatriba, la simulación y el engaño.
La teoría dogeriana es aquella que tiene trazada una meta y justifica las acciones, buenas o malas, en beneficio o en perjuicio de tu partido, de tu trinchera, ejercidas para alcanzar el objetivo político y de gobierno, por supuesto.
Ayer, Enrique Dóger, salió a mostrarse como el padre de la teoría dogeriana.
Y cómo no, si el ex edil y ex rector de la BUAP, según él, en la política nunca se equivoca.
Por eso sus corifeos siempre dicen que él tiene la boca llena de razón.
Lo que nadie ha logrado entender es que si Dóger siempre ha estado inconforme con su partido, con sus dirigentes, con sus militantes, con sus candidatos, con todo lo que huela a PRI, por qué sigue siendo priista.
Ojalá que el padre de la teoría dogeriana pudiera explicar a sus propios correligionarios qué carajo hace en las filas del PRI, si tanto detesta a sus militantes y dirigentes.
Ya sólo falta que pretenda ser el redentor del priismo a ultranza.
Si Dóger quiere el bien del PRI no sería lógico, congruente y más razonable que lavara la ropa sucia en casa.
Lamentablemente, la teoría dogeriana no se lo permite.
Al contrario, lo impulsa a sacar provecho del moribundo, a darle el tiro de gracia y a salir a reprobar las acciones que por su ambición al poder, al dinero y al gobierno, según él, llevaron al PRI al abismo.
Insisto, antes ya lo señalé, los verdaderos priistas ya están hasta la coronilla de los zavalas, los dogers, los marines, los morales y todos aquellos que se han beneficiado, a manos llenas, de su partido.
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