Incongruencias legislativas, auditorías y la guerra contra la BUAP
Vaya papel que está jugando el Congreso del Estado, la LX Legislatura, uno de los poderes del estado y, desde luego, muchos de los diputados que figuran como los representantes del pueblo.
La guerra que se libra en contra de la BUAP y su rector, Alfonso Esparza Ortiz, evidenció, por enésima ocasión, que el Congreso local no es más que una caja de repercusión de lo que se mandata en Puebla, pero sobre todo que es un ente que no se manda solo.
De allí la importancia de contar con diputados con licenciatura, por lo menos, que tomen decisiones y que no actúen sin el mínimo conocimiento sobre los temas de abordan y tratan.
Que pena por la imagen de nuestros 41 diputados, por eso estamos como estamos.
Y es que mientras cientos de iniciativas, como la despenalización del aborto, la aprobación de los matrimonios igualitarios, la gobernabilidad en el municipio de Tehuacán, el tema de la seguridad y el desorden que priva en algunos municipios que son focos rojos en Puebla duermen el sueño de los justos en materia legislativa, los diputados están metidos en una batalla ajena sólo por atacar a la BUAP.
La actual legislatura en el Congreso es una de las más suigéneris en la historia de Puebla.
Sus diputados han pasado de todo, han protagonizado toda clase de escándalos y han llegado casi a los golpes.
Me parece que deberían ser más cuidadosos con abrir la boca y salir a lanzar advertencias sicilianas a diestra y siniestra; sería bueno que antes hagan un esfuerzo y traten de conectar el cerebro a la hora de hacer declaraciones.
Porque es de risa, a estas alturas, que de pronto se hayan dado cuenta que la BUAP podría ser un foco de corrupción en el estado.
¿Por qué hasta hoy lo sospechan?
¿Sólo por qué se los ordenaron?
Vaya papelón que están jugando nuestros flamantes legisladores, insisto, quienes están metidos, por cierto, en un verdadero embrollo.
Sobre todo, porque la gran mayoría ha realizado en la BUAP gestiones de todo tipo, muchas de ellas, la gran mayoría, dicen, documentadas.
Que pasará si se desata una guerra abierta y publica, ya sin matices, entre el gobierno y la Benemérita institución.
Una guerra, por supuesto, que a nadie conviene.
Ni al Congreso, ni al gobierno, ni a la ASE, ni a la BUAP, ni a los poblanos.
¿Se desataría los demonios y se sacarían sus trapitos al sol?
¿Habrá dinero de por medio?
¿Apoyos y ayudas de qué clase?
Pero qué necesidad de todo esto, dijera el clásico.
Primero fue el caso Lobos BUAP y la venta fraudulenta que realizó con el equipo el empresario Mario Mendivil, quien utilizó a sus tontos útiles para tratar de emprender una embestida contra la autónoma de Puebla por mera ambición económica.
¿Qué sigue ahora?
¿Vamos a regresar al pasado, cuándo se encarcelaba a los inconformes sólo por no pensar como el resto?
No creo que hoy se quiera perpetuar y mantener vigente en el estado aquello de “a los amigos la ley y gracia, y a los enemigos la ley a secas”.
Me parece muy peligroso patear el avispero universitario.
¿Qué hace falta para que el gobernador Luis Miguel Barbosa Huerta y el rector de la BUAP, Alfonso Esparza, se sienten a dialogar y a dirimir sus diferencias, si es que las hay?
¿No sería más fácil resolver los problemas mediante el dialogo?
¿Para qué tanto jaloneo?
¿Para qué echar mano de otros poderes cuando se sabe quien es el que manda en el estado?
Al final, los más perjudicados somos los poblanos, porque seguimos siendo rehén de la grilla política.
Caramba, ¿que no hay otros temas prioritarios?
La inseguridad, por ejemplo.
¿Desde hace cuánto tiempo no se daba un enfrentamiento como el que hoy existe entre el gobierno y la BUAP, entre el Congreso y la autonomía de la institución?
¿Vale la pena un escenario así?
¿A quién caramba le conviene?
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