El tiempo del duelo: entre la prisa y la elaboración
El no saber es el inconsciente.
Alexandra Kohan
¿No les parece que hoy en día existe una demanda que nos pide atravesar los duelos de manera urgente? Se nos impone cuánto debe de durar o, incluso peor, cómo se debe vivir. El duelo es un afecto que no se puede anticipar o coordinar, pero que llegado su momento se tiene que vivir, sentir y atravesar desde la singularidad. Pensemos que la palabra afecto está en relación con afectar y efecto, así que, al ser un afecto, después de un tiempo este producirá un efecto, ¿cuál?, he ahí lo interesante del asunto. Vayamos por pasos.
Sé que hablar del duelo puede parecer sencillo cuando no se está atravesando por uno. Pero ¿quién no ha pasado por un duelo? Puede ser desgarrador perder a esa persona amada, puede incluso parecer que está más presente con esa ausencia que dejó, haciendo insoportable vivir con ese vacío, pero atravesarlo, vivirlo, sentirlo y elaborarlo es sumamente necesario; taparlo o sustituirlo podría ser mucho peor.
Sigmund Freud decía que el duelo es un afecto normal y que por regla general es la reacción frente a la pérdida de una persona amada o un ideal. Recordemos que “lo normal” está en relación a algo que se ajusta a un patrón o que tiene cierta regla. ¿En qué se ajusta el duelo a un patrón o regla? El duelo no se hace con reloj en mano, tiempo y fecha estimada, somos sujetos atravesados por un tiempo lógico, es normal en tanto es una respuesta humana ante la pérdida; aprendemos a vivir con la ausencia. ¿Por qué sería importante entonces darle al duelo un tiempo necesario y singular?
Es verdad que en el duelo hay graves cambios en la conducta de quien lo vive, hay una pérdida del interés por el mundo exterior, se tiene que vivir con la ausencia de aquello que ya no está, como si se viviera con un fantasma, re-viviendo en la realidad los recuerdos del ser amado; eso hará que se dé una inhibición y un angostamiento en el yo, por el tiempo y la energía que se deposita en aquel proceso. Porque no solo se extraña a la persona sino lo que uno fue en esa relación, el duelo absorbe al yo: este se entrega al duelo y nada más.
Freud dirá que el duelo es un proceso que se debe vivir por piezas. Poco a poco toda aquella libido asignada al objeto amado se retira, desgastando al doliente. Afortunadamente también nos dirá que una vez atravesando ese proceso el yo podrá pasar a otra cosa. Sin embargo, con la urgencia que hay por no sufrir, incluso con las buenas intenciones de querer que el que está pasando por un duelo no sufra tanto, suele restársele espacio y tiempo al doliente para poder asimilar la pérdida y reorganizar aquella libido. Como escribe la poeta uruguaya Idea Vilariño: “ya no soy más que yo para siempre y tú ya no serás para mí más que tú”.
Es por eso que el duelo puede ser tan doloroso, porque hay una energía depositada en el otro que no puede desaparecer con urgencia; se tendrá que ir quitando poco a poco, como dirían ahora, quirúrgicamente. Sin embargo, hoy es muy común escuchar narrativas que hablan de un duelo “por etapas”, pensando que en aquel proceso se vive ordenadamente y en control, y es que este no lleva un orden sino una elaboración singular que dependerá de cada uno y lo que se pueda decir y hacer ante ese dolor y esa pérdida, para después pasar a algo distinto.
Ahora bien, me parece que hay una cuestión idealista en pensar el duelo por etapas, aspirando a tener un aprendizaje de lo vivido. ¿Hay algo que aprender de cada muerte o cada pérdida? La palabra aprendizaje proviene del verbo aprender, que viene del latín apprehendere y cuyo significado original era “asir”, “atrapar” o “apoderarse de algo”. Hay narrativas que nos hacen creer que después de un duelo se puede tener un aprendizaje como si se estuviera viviendo una experiencia que nos hará mejores, pero olvidan que el duelo no es una lección de vida: es un proceso que involucra nuestra libido, cuerpo, energía y algo de la singularidad del encuentro; en el duelo no se aprende, se busca elaborar y re-investir toda aquella energía emocional que hubo en la relación, del cual saldremos distintos, perdiendo y algo raspados, porque uno no vuelve a ser el mismo después de ser afectado por el otro, aceptando que esta ausencia será irremplazable. Quizá por eso es tan doloroso, porque implica aprender a vivir con el fantasma que con el tiempo tomará un lugar distinto, pero que siempre será parte de nuestra historia.
Pensemos el duelo en relación a una ruptura amorosa. Cuando una relación se termina quedan cosas por decir, se cree que pudimos actuar de forma diferente, padecemos la incertidumbre sobre lo que vendrá después, surgiendo así la necesidad de buscar respuestas, certezas que nos distraigan del dolor y del vacío, y al encontrarlas el efecto podría ser contraproducente.
Al buscar una sustitución que tape el dolor se evita que el duelo se lleve a cabo como un afecto normal, bajo la prisa de no querer sentir, bajo el ideal de creer que siempre vendrá “algo mejor”. La cuestion aquí no es creer que llegará algo mejor o parecido sino sostenerse ante la incertidumbre que dará lugar al efecto, un efecto sin respuesta, posiblemente sin un camino organizado, pero que si se atraviesa, se siente y se padece, nos llevará a encontrarnos en un lugar distinto.