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Soliloquio

El maestro Rius

Caricaturista, historietista, monero, o humorista gráfico como él mismo se denominaba, Eduardo del Río, Rius, fue, ante todo, y quizá sin proponérselo, un singular y extraordinario pedagogo.

Con sus trazos sencillos y humor punzante, casi sarcástico, Rius ilustró con singular estilo a varias generaciones sobre temas vetados, o muy poco divulgados en los años sesenta y principios de la siguiente década.

Aquellos eran tiempos en los que prevalecía el totalitarismo; años del surgimiento de rebeldías juveniles, de inconformidades por la prevalencia de un sistema opresor y de coacción hacia las libertades fundamentales, entre ellas, la de expresión.

Tiempos de estallidos sociales, de cambios radicales, sobre todo después del movimiento estudiantil del ’68 que tuvo en Tlatelolco su página más fatídica.

En ese contexto de control absoluto y de censura hacia los medios, Rius se aventuró con sus trazos sencillos pero punzantes a dibujar la realidad mexicana, en la que no quedaron exentas ni siquiera las instituciones más sagradas, casi mitológicas, como el presidencialismo o la iglesia católica.

De igual modo, causó escozor entre la sociedad conservadora cuando abordó con soltura temas como la homosexualidad, el aborto, la guerra fría, el cuestionamiento a la Virgen de Guadalupe y la Revolución cubana.

A través de la historieta “Los Supermachos”, que llegó a vender 250 mil ejemplares semanales, y luego “Los Agachados”, Rius logró politizar a millones de lectores.

El montaje de Rius fue perfecto.

En la escenificación, un pueblo rural, San Garabato de las Tunas, concebido ingeniosamente para representar el entorno político-social de aquella época.

Y un conjunto de personajes simbólicos: Juan Calzónzin un indígena con pensamiento filosófico y sus perros, Stalin y Boturini.

Don Perpetuo Del Rosal, el cacique y Presidente municipal, miembro del partido en el poder, el RIP, en evidente alusión al Partido Revolucionario Institucional, así como su influyente y prepotente esposa Pomposa y su hija Enedina.

Chon Prieto, el borracho del pueblo y amigo de Calzónzin; el lechuzo y Arsenio, policías represores; Fiacro Franco, el español dueño de la cantina “El Sanatorio”, Don Lucas Estornino, el boticario de la clase media; Ticiano Truye, el tendero, Gedeon Prieto, el burócrata.

Además Doña Eme, la beata del pueblo, de la congregación religiosa “La vela perpetua”, y Don Plutarco, el burgués de la comunidad.

Y de ahí, cientos de historias, verdades lacerantes de un México desigual, folclórico, único.

Eduardo del Río fue un autor prolífico.

En casi 50 años creó más de cien libros ilustrados, entre los que destaca Cuba para principiantes, Pequeño Rius Ilustrado, Marx para principiantes, La trukulenta historia del kapitalismo, ABChe, Mao en su tinta, Su Majestad el PRI, Hitler para masoquistas, El amor en tiempos del SIDA y Manual del perfecto ateo, hasta su última obra, editada este año, Los presidentes dan pena.

En su biografía publicada en “rius.com.mx”, se destaca que fue seminarista, burócrata, embotellador, vendedor de jabón, oficce-boy, encuadernador, cajista, profesor sin título y enterrador de una prestigiada empresa funeraria.

El culto escritor Salvador Novo, Cronista de la capital del país, diría alguna vez que en México existen tres secretarías de educación: la SEP, Televisa… y Rius.

Eduardo del Río García, Rius falleció hace una semana martes en su casa de Tepoztlán, a la edad de 83 años, víctima de un cáncer de próstata.

Muchos miles como este reportero le debemos a Rius la inducción a infinidad de temas, pero aún más, desde años pubertos, el asomo y el gusto desmedido por la lectura.

AL OÍDO

El PRI trata de engañar con la verdad.

No hay más.

O es Meade, o es Narro.

Ya se verá.

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