El eco de las vidas que fuimos
Recuerdos de infancia, amores y despedidas, momentos que se convierten en vínculos que trascienden el tiempo, la muerte y el olvido
Un latido más
Una ráfaga de viento tira las hojas del árbol. Es invierno, pero esta vez no habrá un pino de Navidad ni regalos; no podrás saborear los guisos de tu abuela ni oler la colonia de tu abuelo. Pero lo que más te duele es que no podrás abrazar a tu madre, ni cantar con tu hermana.
Recuerdas ese octubre cuando recién entraste a casa: la cocina olía a lasagna y te emocionaba que todos estuvieran juntos. Te sentaste a saborear tu platillo favorito, pero entonces todo se nubló. Cuando abres los ojos, estás en una sala de emergencias. Todo es blanco, tienes calor y estás asustada; escuchas murmullos pero no distingues lo que dicen. Te cubres los oídos. Las voces se convierten en gritos y cierras los ojos.
Al abrirlos, te encuentras en una cabaña en Holbox. Escuchas el golpe de las olas y el olor a sal te penetra la nariz. Sales de tu escondite y admiras aquel mar casi transparente; comienzas a caminar y sientes la arena entre los dedos. Bajas la mirada y te das cuenta de que tus pies son más pequeños, como si tuvieras cinco años.
—Vamos, cariño, tus hermanos ya están nadando –te dice una mujer sujetando tu mano.
La observas: es realmente bella, con su cabello a la cintura y sus piernas alargadas. Juntas se dirigen a la orilla del mar. Dentro del agua puedes ver a tu hermana con un traje de baño blanco, a tu hermano con una pistola de agua y a tu abuelo con la cara llena de bloqueador.
—Tardaste mucho, mijita –dice tu abuela, sentada a la orilla del mar.
Comienzas a caminar para adentrarte. El agua está fría y no comprendes cómo llegaste ahí; entonces, la mujer que te sujetaba la mano te dice:
—No te soltaré si eso quieres.
Y realmente no quieres soltarla nunca, pero en ese momento te das cuenta de que tu abuela –la mujer con fobia al mar– está nadando junto a ti. Todos se divierten y la mujer, que ahora entiendes que es tu madre, te repite:
—No te soltaré si eso quieres.
La sueltas.
Otra vez te encuentras en emergencias y la luz te lastima los ojos. Un doctor entra preocupado. Le preguntas dónde está tu familia, a lo que él contesta:
—La explosión fue muy grande. Es un milagro que hayas sobrevivido.
Recuerdos pautados
Tu corazón empieza a latir más fuerte, tus dedos chasquean y por tu cuerpo pasa una electricidad fugaz; te sientes como si fuera Navidad en pleno septiembre y estuvieras en casa de tus abuelos a punto de abrir los regalos, o como si estuvieras al borde de una montaña a punto de saltar en parapente.
Estás feliz y le subes aún más al tocadiscos que te regaló tu abuelo en tu cumpleaños 18. «La joya de la familia», esas fueron sus palabras antes de dártelo; te miró a los ojos y luego te dio un cálido abrazo. ¿Quién diría que sería el último? Intentas no ponerte triste y cambias el acetato. Tu habitación cambia de atmósfera –ahora suena Stop the clocks–, cierras los ojos y poco a poco comienzas a recordar que esa canción fue la que sonó cuando diste tu primer beso.
Tu boca te sabe amarga; te percatas de que es el pasado tocando a la puerta, abres los ojos y no puedes evitar preguntarte por qué pasa tan rápido. Te das cuenta de que la canción miente, nadie puede detenerlo; este es un amigo hipócrita a la espera del momento justo para clavarte una daga por la espalda.
El tocadiscos se detiene. Ahora te encuentras en un cuarto azul, te levantas de la cama y prendes la radio; suena My way. Te transformas en un señor de 72 años que añora su juventud. Sientes nuevamente el clima del verano del 66, cuando Rosalinda era tu única preocupación; sus perfectas curvas alborotaban cada partícula de tu ser. Vuelves a besar sus labios vírgenes. Cierras los ojos.
El tiempo pasa y, al abrirlos, te encuentras en un hospital; el llanto de un bebé te hace caer en la realidad. Tu cuerpo está adolorido, quieres gritar, llorar, correr. La enfermera te pone en brazos a una niña de tres kilos y tus labios pronuncian: «Lúa, mi pequeña luz». Recuerdas que hace nueve meses sonaba Mr. Brightside en el coche de, ahora, el innombrable. Descubriste que estabas embarazada y no sabías qué hacer; en cambio, él tomó sus cosas para jamás volver.
Quieres descansar, te atarea el cambio. Por una vez en tu existencia quieres estar quieto, pero entonces, como si fuera una invocación, apareces en un escenario usando un vestido amarillo; tu cuerpo tiembla al cederte la palabra. Intentas hablar, pero en vez de eso eructas enfrente de 450 personas; todos se ríen y a partir de ese día te conocen como Belchi. No sabes a dónde regresarás primero, si al Belchi de 10 años o a la de 27 que constantemente te menciona cuando está con sus amigos.
Sin embargo, ninguno de tus pasados se compara con los de las otras vidas; no sabes por qué, si la mayoría de ellos tienen la misma secuencia: individuo + momento + cerebro.
Te sientes despechado y entonces te das cuenta de qué es: no eres el mismo sin ella. Ninguna de tus amantes puede ser como ella, porque en sus mil formas, la música prende tu llama, reviviendo de una forma más alegre, más nostálgica, más pura.
Solo puedes pensar en ella: Ica, tu clásica, alocada y a veces incomprendida Ica. Decides buscarla, estás harto de tener amantes, quieres por fin sentar cabeza. No sabes en dónde estará, así que llamas a su mejor amiga Ali –o como los humanos la conocen: sociedad–, quien te dice que debes tomar un autobús a la calle 1964.
Compras un ticket y al llegar la ves; no podía estar más deslumbrante. Tiene un vestido de un diseñador que se hace llamar The Beatles, descubierto por ella, lo que hace que se vea como todo un boom británico. Tomas aire, te acercas a ella y le dices: «Definitivamente, me encantas en todas tus facetas». La besas tomándola de la cadera; es un beso fugaz que hace enojar a tu primo Timothy, que ve toda la escena con asco. Pero ¿qué esperabas de él, si uno de sus apodos es Tiempo y siempre quiere estar corriendo?
Sigues besándola, cuando rápidamente se aleja y con una sonrisa te pregunta: «¿Por qué tardaste tanto?». Le prometes que nunca más la dejarás, y seis meses después, le propones matrimonio.
Ya no te sientes solo, no te importa ir lento o rápido mientras estés con ella. Pues al estar juntos puedes ser un anciano, un niño; chocar, besar, aprender. Todo con ella es mejor. Es su naturalidad, su armonía, su arte el que hace de ti un mejor recuerdo.
Y entonces, un día, después de décadas, despiertas de la mejor siesta del mundo. Es martes o jueves, no lo sabes con exactitud porque estás muriendo por un tal Alzheimer. ¿Quién mierda es Jaime y por qué quiere acabar contigo? Tus familiares te habían advertido, pero tú, necio como siempre, no hiciste caso. Solo querías procrear: tú e Ica, Ica y tú. Eran la combinación perfecta.
«No puede acabar así», te dices, y a paso firme pero lento llamas a tus hijos, sujetas a tu esposa y juntos vuelven a sentir el frío invierno del 2015, cuando bajabas de una montaña blanca diciendo, con voz aguda: «¡Mira, lo estoy haciendo increíble!». Entonces, caes. Tu hermano va corriendo hacia ti, intenta levantarte, pero ambos vuelven a caer. Tu vista se vuelve nula, te estás muriendo. Tu esposa toma tu mano y dice: «Te veré en otra vida, cariño».
Viviste mil vidas, tuviste muchos amores, fuiste nombrado como: recuerdo, vestigio, impresión, memoria; fuiste pronunciado en todos los idiomas, rogado por todas las clases sociales, vestiste de todas las pieles, colores y sexos. Es momento de dormir. Tranquilo, volverás a ser llamado después; quizás no seas el mismo, ¿pero quién lo es? Solo no olvides que eres, fuiste y serás lo mejor de lo humano.