Mario Marín está de regreso, nos dice el periódico Cambio.
Quizás nunca se fue.
Los domingos, por ejemplo, juega futbol con algunos de los antiguos visitantes a Casa Puebla.
La nueva cancha es ligeramente más modesta y tiene como sede su casa de Xilotzingo.
Pero Marín –juran sus amigos- no ha dejado de reunirse con ellos en la cancha y en las comilonas que de vez en cuando organizan para hablar de futbol, del Fin del Mundo y de los viajes a Europa, Asia y América.
Hace un mes, por ejemplo, todos se trasladaron a la residencia que el contador Rafael Moreno Valle Sánchez tiene en Atlixco.
Comieron y bebieron.
Y hablaron.
De todo.
Menos de política.
Juran sus amigos que no está en su agenda la política.
Que entendió muy bien los tiempos.
Que sabe que hoy no es su momento.
Y ponen de ejemplo la elección presidencial, cuando se guardó en sus habitaciones, se puso a ver partidos de futbol y se olvidó del mundo.
El periódico Cambio dice que Marín está de regreso y quiere participar, de nuevo, en la política partidista.
Quiere influir en las decisiones.
Quiere operar candidaturas.
Quizás nunca se fue.
Quizás siempre ha estado aquí: a través de sus operadores en los medios, de Javier López Zavala, de Juan Carlos Lastiri, de José Luis Márquez.
Un hombre de poder nunca, jamás, deja la política.
Vive en su cabeza y en su corazón.
El periódico Cambio dice que Marín quiere meterse en la elección por la Presidencia de la ciudad de Puebla.
Quiere…
¿Podrá?
No lo creo.
Cuando menos no públicamente.
Peña Nieto le pidió que desapareciera durante las elecciones.
“Somos amigos, Mario, pero entiéndeme”, dicen que fueron sus palabras.
Y Marín entendió que su presencia dañaría al entonces candidato.
Él y Ulises Ruiz guardaron un bajo perfil.
Viajaron, descubrieron mundos, vivieron, pues, su exilio interior.
Hoy están seguros que podrán salir de nuevo.
¿Estarán en las fiestas de la Toma de Posesión?
Tampoco lo creo.
Le robarían la nota al presidente entrante.
Sus rostros llenarían las primeras planas de los diarios.
Los noticieros de televisión los captarían de reojo.
Los micrófonos de radio los cubrirían con sus crónicas.
Es difícil ser Marín.
Ni duda cabe.
Y es de humanos aspirar a trascender.
No se paga por ver.
Se paga por preguntar.
