Simulacro de Mundial en Rusia

 

El estadio de la isla de Krestovsky, en San Petersburgo, acogerá esta noche a la selección española, que se medirá a Rusia en el penúltimo gran simulacro de la Copa del Mundo de 2018. El anfitrión del evento más popular, cuyo partido inaugural está previsto en Moscú el 14 de junio, se afana en asombrar al mundo con el sentido de su capacidad organizativa, las obras colosales, y los esfuerzos masivos de sus ciudadanos por cambiar la imagen fría y terca que creen que Occidente tiene de su país.
“¡Los rusos son muy cariñosos, hospitalarios y amables!”, exclama Dimitri Cheryshev, que fue jugador del Sporting, es entrenador, y forma parte de la organización del Mundial en representación de su ciudad, Nizhni Novgorod, una de las 12 sedes que albergarán estadios fastuosos, diez de ellos completamente nuevos.
“Creo que será el mejor mundial de la historia”, prosigue Cheryshev. “Queremos que sirva para que el fútbol sea más popular en Rusia y para abrirnos al turismo. Que los que vengan al Mundial manden a sus amigos: aquí no solo tenemos frío. Tenemos veranos calurosos, gente amable y sitios históricos. ¡A Rusia hay que vivirla!”.
La euforia de Cheryshev es un sentimiento compartido por la mayoría de sus paisanos. Hasta los de naturaleza más pesimista, como Mostovoi, se muestran entusiasmados. “Los preparativos están al 90%”, dice la ex estrella del Celta apuntando la gran diferencia respecto a los pasados Mundiales de Brasil y Suráfrica, en donde las obras se postergaron hasta los últimos días. “Aquí solo faltan cositas. Los estadios están casi perfectos”.
“Antes”, cuenta Mostovoi, “mirábamos hacia Europa en busca de grandes estadios. Ahora decimos: ‘¡Mira qué campos tenemos!’ Son impresionantes. En España e Italia los campos son todos antiguos. Yo siempre decía: ‘Qué fútbol tan bonito que se juega en España, qué jugadores tan buenos, y qué horribles son los campos. Todos antiguos. Todos viejos. ¡Como Balaídos! Y ahora… ¡Ya veréis el Luzhniki! ¡Ya veréis el estadio del Zénit!”.
“Cuando los rusos hacen algo quieren que se quede para siempre como el número uno”, dice Mostovoi. “Eso sí, gastando mucho dinero. Eso la gente no lo ve bien. Nosotros no somos árabes del Golfo Pérsico. Aquí no se ven con buenos ojos estos dispendios. La gente se pregunta: ¿Para qué? Nunca sabremos lo que se ha invertido aquí. Hay medios que dicen que ya se ha gastado el doble que Brasil en organizar el Mundial de 2014. ¿Y falta un año! Un estadio normal se construye en dos años. ¡El estadio de San Petersburgo tardaron 14 años! Gastaron millones. Participaron decenas de empresas”.
El colosalismo, los presupuestos desorbitados y las distancias siderales, son lugares comunes en Rusia. Pero será difícil que se superen los excesos de Brasil, en donde las fuentes oficiales apuntan a un gasto de 12.000 millones de euros, todavía lejos de los 9.500 que los organizadores rusos reconocen. Las dificultades geográficas tampoco no son mayores en Rusia. Entre la sede de Ekaterinburgo, en Asia, y Kaliningrado en el Báltico, la distancia es de 2.600 kilómetros. Porto Alegre y Manaos, las sedes más alejadas de Brasil, distaban 3.200 kilómetros sin conexiones ferroviarias de ningún tipo.
“Las distancias son muy grandes”, dice Cheryshev; “pero no pasa nada. El transporte será gratis y tendremos muchísimos trenes preparados. Aquí tenemos equivalentes a los Aves y los Alvias de España. Si quieres ir de Moscú a Rostov, por ejemplo, hay que dormir en el tren: son 10 o 12 horas. Pero los trenes funcionan muy bien. Se viaja con mucha tranquilidad. Rusia está por delante de muchos países desde el punto de vista tecnológico”.
José Pastor, el preparador físico del Rubin, habla con el conocimiento de quien vive desde hace años trabajando sobre el terreno. “Rusia hará un gran Mundial”, dice. “Aquí el deporte es un símbolo nacional. Lo emplean para demostrar su poder. Para sacar pecho. Los rusos son desorganizados para hacer determinadas cosas pero no para construir estas grandes obras. En Kazán en los últimos cuatro años han construido hoteles, carreteras, un aeropuerto, e instalaciones deportivas. Han fabricado campos mixtos, de hierba artificial y sintética, que son alfombras. Todo ha mejorado salvo el transporte por carretera. Para cubrir grandes distancias coger el coche no es la mejor idea. Digamos que su forma de conducir es interesante. Yo ya me acostumbré. Cuando vuelvo a España y salgo a la carretera me aburro”.
El equipo que se encontrará España en el amistoso de hoy es una incógnita que se revela poco a poco, incluso para los propios rusos. “La calidad de los jugadores rusos ha caído desde que cayó la Unión Soviética”, dice Mostovoi. “No mejoran porque no salen a los grandes campeonatos, y no salen de Rusia porque cobran mucho dinero aquí. Demasiado. Recuerdo que cuando Villa marcaba 50 goles en el Valencia cobraba menos que jugadores que metían diez goles en toda su carrera en Rusia. ¿Para qué van a ir los rusos a competir allá? Están cómodos. Con sus familias, hablando su idioma, haciendo lo que quieren, y ganando más dinero”.
“La selección de Rusia”, concluye Cheryshev, “tiene que aprender a defender bien y a contraatacar con peligro. Nada más. Creo que poco a poco se nota que el equipo está mejorando. Estos partidos contra Argentina y España servirán al seleccionador Stanislav Cherchesov para ponerlo a punto”.

El estadio de la isla de Krestovsky, en San Petersburgo, acogerá esta noche a la selección española, que se medirá a Rusia en el penúltimo gran simulacro de la Copa del Mundo de 2018. El anfitrión del evento más popular, cuyo partido inaugural está previsto en Moscú el 14 de junio, se afana en asombrar al mundo con el sentido de su capacidad organizativa, las obras colosales, y los esfuerzos masivos de sus ciudadanos por cambiar la imagen fría y terca que creen que Occidente tiene de su país.

“¡Los rusos son muy cariñosos, hospitalarios y amables!”, exclama Dimitri Cheryshev, que fue jugador del Sporting, es entrenador, y forma parte de la organización del Mundial en representación de su ciudad, Nizhni Novgorod, una de las 12 sedes que albergarán estadios fastuosos, diez de ellos completamente nuevos.

“Creo que será el mejor mundial de la historia”, prosigue Cheryshev. “Queremos que sirva para que el fútbol sea más popular en Rusia y para abrirnos al turismo. Que los que vengan al Mundial manden a sus amigos: aquí no solo tenemos frío. Tenemos veranos calurosos, gente amable y sitios históricos. ¡A Rusia hay que vivirla!”.

La euforia de Cheryshev es un sentimiento compartido por la mayoría de sus paisanos. Hasta los de naturaleza más pesimista, como Mostovoi, se muestran entusiasmados. “Los preparativos están al 90%”, dice la ex estrella del Celta apuntando la gran diferencia respecto a los pasados Mundiales de Brasil y Suráfrica, en donde las obras se postergaron hasta los últimos días. “Aquí solo faltan cositas. Los estadios están casi perfectos”.

“Antes”, cuenta Mostovoi, “mirábamos hacia Europa en busca de grandes estadios. Ahora decimos: ‘¡Mira qué campos tenemos!’ Son impresionantes. En España e Italia los campos son todos antiguos. Yo siempre decía: ‘Qué fútbol tan bonito que se juega en España, qué jugadores tan buenos, y qué horribles son los campos. Todos antiguos. Todos viejos. ¡Como Balaídos! Y ahora… ¡Ya veréis el Luzhniki! ¡Ya veréis el estadio del Zénit!”.

“Cuando los rusos hacen algo quieren que se quede para siempre como el número uno”, dice Mostovoi. “Eso sí, gastando mucho dinero. Eso la gente no lo ve bien. Nosotros no somos árabes del Golfo Pérsico. Aquí no se ven con buenos ojos estos dispendios. La gente se pregunta: ¿Para qué? Nunca sabremos lo que se ha invertido aquí. Hay medios que dicen que ya se ha gastado el doble que Brasil en organizar el Mundial de 2014. ¿Y falta un año! Un estadio normal se construye en dos años. ¡El estadio de San Petersburgo tardaron 14 años! Gastaron millones. Participaron decenas de empresas”.

El colosalismo, los presupuestos desorbitados y las distancias siderales, son lugares comunes en Rusia. Pero será difícil que se superen los excesos de Brasil, en donde las fuentes oficiales apuntan a un gasto de 12.000 millones de euros, todavía lejos de los 9.500 que los organizadores rusos reconocen. Las dificultades geográficas tampoco no son mayores en Rusia. Entre la sede de Ekaterinburgo, en Asia, y Kaliningrado en el Báltico, la distancia es de 2.600 kilómetros. Porto Alegre y Manaos, las sedes más alejadas de Brasil, distaban 3.200 kilómetros sin conexiones ferroviarias de ningún tipo.

“Las distancias son muy grandes”, dice Cheryshev; “pero no pasa nada. El transporte será gratis y tendremos muchísimos trenes preparados. Aquí tenemos equivalentes a los Aves y los Alvias de España. Si quieres ir de Moscú a Rostov, por ejemplo, hay que dormir en el tren: son 10 o 12 horas. Pero los trenes funcionan muy bien. Se viaja con mucha tranquilidad. Rusia está por delante de muchos países desde el punto de vista tecnológico”.

José Pastor, el preparador físico del Rubin, habla con el conocimiento de quien vive desde hace años trabajando sobre el terreno. “Rusia hará un gran Mundial”, dice. “Aquí el deporte es un símbolo nacional. Lo emplean para demostrar su poder. Para sacar pecho. Los rusos son desorganizados para hacer determinadas cosas pero no para construir estas grandes obras. En Kazán en los últimos cuatro años han construido hoteles, carreteras, un aeropuerto, e instalaciones deportivas. Han fabricado campos mixtos, de hierba artificial y sintética, que son alfombras. Todo ha mejorado salvo el transporte por carretera. Para cubrir grandes distancias coger el coche no es la mejor idea. Digamos que su forma de conducir es interesante. Yo ya me acostumbré. Cuando vuelvo a España y salgo a la carretera me aburro”.

El equipo que se encontrará España en el amistoso de hoy es una incógnita que se revela poco a poco, incluso para los propios rusos. “La calidad de los jugadores rusos ha caído desde que cayó la Unión Soviética”, dice Mostovoi. “No mejoran porque no salen a los grandes campeonatos, y no salen de Rusia porque cobran mucho dinero aquí. Demasiado. Recuerdo que cuando Villa marcaba 50 goles en el Valencia cobraba menos que jugadores que metían diez goles en toda su carrera en Rusia. ¿Para qué van a ir los rusos a competir allá? Están cómodos. Con sus familias, hablando su idioma, haciendo lo que quieren, y ganando más dinero”.

“La selección de Rusia”, concluye Cheryshev, “tiene que aprender a defender bien y a contraatacar con peligro. Nada más. Creo que poco a poco se nota que el equipo está mejorando. Estos partidos contra Argentina y España servirán al seleccionador Stanislav Cherchesov para ponerlo a punto”.

 

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