Cortázar: "A mí también me duele"

Fuente: Especial
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Rúbrica Legible/@Ed_Hooover

“En tiempos de penuria, sólo el arte reivindica”, frase avasalladora que busca hacer frente al totalitarismo en cualquiera de sus vertientes, reuniendo en dicho concepto toda expresión humana que logra conmover a quien la hace suya. Es fácil leerla, tal vez creer –de manera personal– en ella o, si las convenciones lo permiten, omitirla; pero siembra un halo de esperanza según los intereses. Penuria es duda, intranquilidad, no asegurarse que al nuevo día se habrá de respirar, siquiera andar por los mismos lugares: un acto de inmisericordia.

Revelarse a la tragedia es fundamental; adueñarse del valor diario y renovarlo con pequeñas –casi minúsculos– trazos que confirmen su lucha, porque de nada sirve bajar los brazos en tierra de nadie, cuando esa sinrazón es dueña del poder aplastante. Hay que tomar partida como sea: la palabra. “Grafitti” –sí, escrito de esta manera–, cuento breve de Julio Cortázar bien ofrece esta lectura, inicialmente: nada es más peligroso que yacer inmóvil ante una fe de armas.

Como toda la historia latinoamericana del siglo pasado, su narración es enmarcada en un ambiente represivo, donde el más fino intento para adueñarse de alguna voz es castigada con la cárcel y muerte, por defecto. Es Argentina, Cuba, Chile, México, Centroamérica, cualquier espacio donde la frase “A mí también me duele” carga de sentido y rabia una atmósfera vivencial, aunque por obvias razones el peso moral difiera de extremo a extremo del continente.

Fiel a su estilo, amo del tiempo y las voces, Julio Cortázar logra que en lo “anónimo” el lector logre identificarse con dicho argumento, al punto que los personajes ostenten características insurgentes. Su lucha es simple, no permitir que el silencio sea parte de su vida; si no existen medios para su denuncia es deber moral crear canales a manera de vínculo a la calle.

El narrador entiende que no es necesario atribuir nombres a personajes, pueden ser cualquiera y ninguno; quedarse a la sombra del misterio –tragedia– o apelar a la buena conciencia hasta no bajar su guardia. No obstante las características formales del texto, “Grafitti” es enérgica crítica política de su tiempo, la cual –¡oh paradoja!– resulta familiar en todo ámbito.

Las cosas deben seguir igual, no hay lugar para débiles; las insubordinaciones son castigadas, sin remedio. De ambiente policial-bélico, el cuento insinúa el sufrimiento físico que padecen los no alineados: un adiós sin remedio en cierto lado, todos los rincones; avanzada única del Estado por “quebrar” al “enemigo”.

Incursionando en el terreno de las posibilidades, el autor diagrama una historia de amor idílico, donde “ella” se observa en la mirada de un hombre que bien podría pensarla, atender su lenguaje de protesta mediante “dibujos”, símbolos capaces de alterar el tiempo. Es posible entender que solamente así la conciencia de lucha se mantenga en alto a los ojos de otros –¿uno mismo?– cuando las condiciones les son desfavorables.

Llama la atención que la complejidad discursiva que enmarca a “Grafitti”, pese escasas páginas, llevando al máximo aquella frase “menos es más”, acentuando también el proceso comunicativo como uno de sus argumentos. Nada en Cortázar es fácil, requiere varias lecturas alcanzar siquiera aproximarse a una interpretación, ya que envuelve en palabras y frases hasta que, de pronto, nada es como se imagina.

Justamente, en dicha narración demuestra lo útil que resulta para su causa emplear contextos adecuados, verbos justos; ambientes propicios y escenas visuales de cierta complejidad que sólo análisis complejos la revelan como obra maestra. Claro, obliga a reflexionar los distintos niveles discursivos pero –en sí–, “Grafitti” puede ser considerada una de las críticas sociales más férreas de la ficción hispanoamericana.

Es, además, réquiem” para toda una generación que vio esfumarse por varios años su derecho a vivir sin miedo, algo que a distancia parece olvidarse. “A mí también me duele” no es frase hueca, apela con tal vigencia a un modo de conducirse digno que sabe un hecho: ante la injusticia nada es más peligroso que hundirse en el silencio, motor de infamia, bandera de quienes no toman partido ante su presente.

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